Björk: la vulnerabilidad que cura

bjork

Dos noticias recientes han vuelto a traer a Björk, la otrora musa de la música alternativa, a los titulares de los medios: por un lado, la salida esta semana en formato CD de su último disco, Vulnicura -tras la filtración en la red a principios de año, lo que forzó un apresurado lanzamiento digital online-; por otro, la inauguración de una retrospecitva en el MoMa de Nueva York sobre su carrera en solitario como compositora y cantante a lo largo de más de 20 años que se podrá visitar hasta el 7 de junio. La confluencia de ambas nos da pie para hacer un breve repaso por el presente de la pequeña e indómita islandesa a la luz del pasado y viceversa.

Empezando por lo más actual, Vulnicura, su octava entrega, supone un cambio significativo en cuanto a las pretensiones y el planteamiento del disco anterior, Biophilia (2011), un ambicioso proyecto que iba más allá de lo meramente musical, el cual incorporaba una serie de aplicaciones interactivas para iPad y un proyecto educativo online para trabajar con y sobre ellas, y cuyo eje temático giraba en torno al amor -y la curiosidad- por la vida y la naturaleza en todas sus manifestaciones. En esta ocasión, Björk se vuelve sobre sí misma y nos ofrece un relato intimista sobre la ruptura sentimental y familiar con su pareja, el artista Matthew Barney, con el que trata de “documentar” -como revela en ‘Stonemilker’, el tema que abre el disco- todo el proceso casi con minuciosidad de entomóloga, abriéndose en canal, exponiendo abiertamente su vulnerabilidad -“soy una herida”- y yendo al fondo de su dolor para tratar de comprenderlo, metabolizarlo y acabar finalmente superándolo resurgiendo de sus cenizas, haciendo honor una vez más al extraordinario coraje que siempre ha tenido como artista.

En lo musical, en este nuevo disco, como en prácticamente todos a partir de Médulla (2004), volvemos a encontrar a una Björk que huye de las estructuras convencionales y cómodas del pop, desdibujando las fronteras entre estilos y géneros musicales e internándose en el terreno de la música experimental, a base de densas combinaciones de delicadas texturas de cuerda y sofisticados beats electrónicos. A pesar de que su irrupción en solitario en el panorama musical de principios de los 90 tuvo lugar dentro de la escena pop, pronto fue obvio que ese traje le venía muy estrecho. Si algo caracteriza a Björk es su insaciable curiosidad y su búsqueda incansable de nuevas formas de expresión musical y artísticas, con un amplísimo abanico de influencias que van, por ejemplo, desde el rap combativo de unos Public Enemy hasta el serialismo vanguardista de un Stockhausen. Paradójicamente, sin embargo, el exuberante eclecticismo de su música se ha acabado convirtiendo en su gran handicap de un tiempo a esta parte, perdiendo gran parte del predicamento del que gozaba tanto entre la crítica como entre el público en general, que progresivamente se han ido descolgando de su tendencia al experimentalismo.

Ello resultó notorio, por ejemplo, en la visita que hizo a tierras gallegas en 2012 para actuar en la Ciudad de la Cultura, en donde hubo momentos de gran desconexión con el público. Dejando de lado la absoluta inadecuación del recinto -una de las explanadas exteriores del complejo- para el evento y que hacía un frío polar, a pesar de coincidir con el solsticio de verano, era evidente que gran parte de la gente iba buscando a la diva pop de ‘Big time sensuality’ o ‘Violently happy’ y que se encontraba un tanto desconcertada e incluso fuera de lugar ante el intimismo cósmico de ‘Moon’ o con su incursión en las profundidades fantasmagóricas de la microbiología en ‘Hollow’ (ver abajo el vídeo realizado en colaboración con el animador biomédico Drew Barry). El problema de Björk, yendo al meollo de la cuestión, es que en realidad ya no hace, ni por asomo, música pop, pero todavía continúa arrastrando esa etiqueta, quizás por inercia, quizás como reclamo comercial. Su música encaja muchísimo más en contextos que permitan una escucha atenta de la infinita cantidad de matices y calidades que atesora, como auditorios, que en festivales o conciertos como el del Gaiás en los que el público espera, cerveza en ristre, un hit pop tras otro.

En este sentido, la exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York le hace justicia y sí parece mucho más acorde con su universo creativo. En ella se muestran sonidos, películas, imágenes, instrumentos, vestidos y objetos que recogen, a modo de crónica, más de dos décadas de una carrera caracterizada por los proyectos “audaces” e “innovadores”.  Los intereses de Björk siempre han ido mucho más allá de la música, abarcando cualquier forma de expresión creativa que, por supuesto, también incorpora en ella. Por ello, la retrospectiva incluye los robots que Chris Cunningham diseñó para el vídeo ‘All is full of love’, el vestido con forma de cisne de Marjan Pejoski que causó tanto revuelo en la gala de los Oscar en 2001 o el espectacular vestuario “orgánico” diseñado por Iris van Herpen para la gira de Biophilia.

Después de 20 años, nadie podrá reprocharle haberse acomodado. Ciertamente.

bjork moma

Imagen de la instalación ‘Black lake’ del MoMa

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