‘The Joshua Tree’ o la dulce nostalgia del idealismo

Imagen de uno de los primeros conciertos de la gira de celebración por el 30 aniversario de TJT

2017 está siendo un año de celebración de un montón de aniversarios de discos icónicos que marcaron época. No hace mucho comentábamos por aquí el medio siglo de ‘The Doors’, y es también el 50 cumpleaños de otro gran clásico americano, pero en este caso de la costa este, el debut de la Velvet Underground & Nico, otro álbum de enorme influencia dentro del mundo del rock´n´roll. Y, vaya, del Sgt. Pepper´s de los Beatles, y de The Piper at the Gates of Dawn, el debut de Pink Floyd… 1967, el año del Verano del Amor, no podía sino engendrar todas estas criaturas maravillosas y otras muchas. No conviene recrearse en la nostalgia, dicen, pero, por otro lado, casi resulta inevitable caer en la tentación de detenerse un momento ante tamañas efemérides para reflexionar y recapacitar sobre el impacto de todos estos artefactos en la cultura popular del último medio siglo. Tiempo habrá de hablar, si no de todos, de algunos de ellos. Sin duda, lo merecen.

Pero este año también es el aniversario de otro disco emblemático más reciente y que está estos días de actualidad por múltiples razones, entre ellas por toda la controversia que se genera habitualmente en torno a la banda que le dio a luz: hablamos del 30 aniversario de The Joshua Tree, de U2. No hace tanto analizábamos por aquí el estado y las últimas desventuras de la banda irlandesa, en relación con su último disco –Songs of Innocence, primera entrega de un proyecto que incluye la publicación de una segunda parte que llevará por título Songs of Experience– y su  gira mundial, Innocence & Experience Tour. Comentábamos entonces el punto ciertamente crítico en el que se encontraba la banda respecto a su prestigio y reputación: cómo habían llegado a la extraña situación paradójica de seguir siendo una superbanda de éxito mundial que continua llenando estadios y al mismo tiempo haber entrado en un paulatino pero aparentemente inexorable proceso de pérdida de relevancia e influencia, del cual ellos mismos eran plenamente conscientes, hasta el punto de plantearse la gira y el propio lanzamiento del disco como un desafío sobre su vigencia y status.

Portada original del emblemático álbum de los irlandeses

En ese sentido, la gira ha sido un nuevo éxito, en cuanto a público, con prácticamente todos los conciertos sold out; pero, por otro lado, el disco ha pasado más bien sin pena ni gloria, en términos de repercusión musical, provocando la más absoluta de las indiferencias. Se suponía que en breve iban a sacar Songs of Experience cerrando así el ciclo conceptual del proyecto que aludía a ese dualismo consustancial a todo lo humano, y que previsiblemente presentarían en una segunda manga de la gira. Ese era el plan para volver a recuperar el prestigio perdido y actualizar su vigencia.

Pero, entremedias, se cruzó por el camino el aniversario del disco que les catapultó al estrellato y que les convirtió en la banda más grande del mundo. Ya lo habían celebrado hace una década, con ocasión del 20 aniversario, sacando una edición de lujo, con la consabida remasterización, descartes de última hora, caras B, DVD con un concierto en París de la gira mundial, etc. En fin, en asuntos de negocios U2 siempre han sido muy espabilados y han sabido sacarle su buen partido al tema de las reediciones, merchadising y demás productos. El tema no es ése. La cuestión es que no han sido capaces de resistirse a la tentación de intentar reverdecer laureles aprovechando el tirón del aniversario y, aparte de una inminente nueva reedición de superlujo del disco, la banda se ha embarcado en una nueva gira mundial con 33 shows en 9 países en la que el núcleo central del show es la interpretación íntregra del álbum, como se ha puesto de moda hacer últimamente, las 11 canciones seguidas, de Where the Streets Have No Name a Mothers Of The Disappeared. ¿Es esta la forma de recuperar la relevancia perdida, volviendo a salir de gira con un disco editado hace 30 años? La legión de críticos de la banda debe de estar brindando con champán reserva.

Sea como fuere, la efeméride está ahí, y a nosotros nos sirve de pretexto para revisitar el disco a la luz de su nueva puesta en escena, que, eso sí, como suele ser marca de la casa, una vez más es auténticamente espectacular. Y al hacerlo hay que empezar por las razones que los irlandeses han esgrimido para justificar el volver a sacarlo a la carretera, que básicamente se resumen en la supuesta similitud entre la atmósfera actual y la de mediados de los 80, cuando The Joshua Tree se gestó. Es decir, entre las semejanzas entre la época de Reagan-Thatcher y la de Trump-Brexit: polarización política, división social, crisis económica, manipulación mediática y, en resumen, mucha tensión y ansiedad con respecto al futuro. En ese sentido, el guitarrista The Edge decía en unas declaraciones que, de alguna manera, la situación actual era como una vuelta a esa era de cinismo y codicia.

The Joshua Tree fue la respuesta de U2 al zeitgeist del momento, y de ahí la supuesta pertinencia de su revisión. En un principio, el disco se iba a llamar Las dos Américas, ya que la banda estaba obsesionada con las dos caras, la mítica y la real, del país que por aquel entonces estaban descubriendo, y que para los irlandeses es una especie de tierra prometida. La primera tenía que ver con sus paisajes y espacios abiertos, y con toda la imaginería de esa idea de frontera sin fin que siempre han representado los EE UU; la segunda, con la América que ejercía su poder de forma subrepticia en la lucha contra el comunismo en el contexto del final de la Guerra Fría, en su controvertido papel en los diversos conflictos en curso en América del Sur y Centroamérica. De ahí nacen canciones Bullet The Blue Sky y Mothers Of The Disappeared, denuncias ambas de los pecados de la superpotencia en la región.

El álbum se abría con la proyección sonora de esa América idealizada, la de esos enormes espacios cinemáticos que parecen evocar permanentemente la idea de libertad y reinvención, como quizás la representaban para los primeros colonos. Ellos son la inspiración para las atmósferas de Where The Streets Have No Name y I Still Haven´t Found Where I´m Looking For, los dos primeros temas y singles junto con With Or Without You. Ambos resumen perfectamente el espíritu del disco, una mezcla de épica e idealismo, de romántico anhelo juvenil por satisfacer las ansias de libertad, señas de identidad de la banda por entonces, de las que posteriormente, en Achtung Baby, tratarían de desmarcarse. También, por cierto, el vídeoclip de I Still Haven´t Found… es muy representativo de ese espíritu, con la banda interpretando esa canción gospel por las calles de Las Vegas, el corazón de la Babilonia americana, con una estética austera, a medio camino entre los amish y los mormones, que contrasta con el lujo y el exceso de la capital mundial del juego.

A continuación, la balada With Or Without You, otro de sus temas más representativos, pinchado desde entonces en toda radio fórmula que se precie casi ad nauseam, junto con la mencionada Bullet The Blue Sky Running To Stand Still, sobre el impacto del consumo de heroína en el entorno del complejo de edificios conocido como Las Siete Torres en Dublín, cerraban una de las caras A más completas y redondas de la historia de la música pop, columna vertebral desde entonces del repertorio de la banda y cénit de su carrera. Hay una anécdota, por cierto, muy curiosa sobre como se produjo el proceso de selección del orden de las canciones. Resulta que se encargó de ello la mujer de Steve Lillywhite, productor adicional del disco, que acudió al rescate -como en haría en más ocasiones en el futuro- cuando el disco estaba estancado en las mezclas finales. Como se aburría durante el proceso, les pidió que le dieran algo para hacer y la tarea asignada fue la de ordenar los temas, la cual llevó a cabo con un olfato remarcable.

La cara B, sin embargo, recoge seis temas menores que en su momento completaban el disco de manera satisfactoria pero que desde entonces apenas han vuelto a tocar en directo hasta esta gira, con la excepción ocasional de In God´s Country y también Mothers Of The Disappeared, la cual, por ejemplo, tuvieron la osadía de tocar en Santiago de Chile, en una gira posterior, invitando a subir al escenario a las auténticas madres de los desaparecidos durante la dictadura de Pinochet para darles voz y visibilidad, en un concierto que, además, estaba siendo emitido en directo por la televisión pública para todo el país y que generó una enorme división.

Ahora, 30 años después, el álbum que marcó una época y encumbró a aquella banda dublinesa emergente a mediados de los años 80 vuelve a la vida para ajustar cuentas con un presente que parece involucionar retrotrayéndonos a un pasado de desconfianza y aislamiento que se creía superado. La polémica, una vez más tratándose de U2, está servida. ¿Es pertinente un flashback de tres décadas para intentar recuperar el idealismo perdido? La respuesta podremos conocerla el 18 de julio en el Estadio Olímpico de Barcelona, única fecha en España de la gira. O quizás volviendo a hacer una inmersión a fondo en el disco en cualquiera de las ediciones especiales por el treinta aniversario que salen a la venta el 2 de junio.

50 aniversario de ‘The Doors’

Foto promocional del primer álbum de la banda californiana

Foto promocional del primer álbum de la banda californiana

Alguna que otra vez me he entretenido fantaseando con la absurda idea de que el rock and roll dispusiera de alguna especie de objeto mefistofélico de propiedades similares al retrato de Dorian Gray y, de este modo, los efectos de todos sus -no pocos- excesos y el deterioro inherente al inevitable paso del tiempo fueran absorbidos por él. En plan, un mural tipo la portada del Sgt. Pepper´s o algún graffitti con poderes fáusticos oculto en los sótanos de algún antro perdido. Porque, ¿envejecer no va en contra de la propia naturaleza de un género que nació como producto del conflicto generacional de los años 50 y 60 entre jóvenes y adultos, y que desde entonces ha sido el símbolo de la juventud rebelde y contestataria de la civilización occidental?

Pero el tiempo no se detiene ante nada, y a principios de este año tuvo lugar una de esas efemérides que reafirman categóricamente la validez de ese gran tópico con el 50 aniversario -¡medio siglo ya!- de la publicación de ‘The Doors’, primer y emblemático álbum de la célebre banda homónima, la cual, por cierto, de alguna manera le ha ido ganando ese pulso al paso del tiempo manteniendo su vigencia con admirable dignidad. Probablemente, en ello haya tenido mucho que ver la prematura muerte del que puede ser considerado uno de los cadáveres más hermosos de la cultura popular del siglo pasado.

Portada original de ‘The Doors’

Porque, a pesar de haberse separado a principios de los años 70, poco después de la muerte de Jim Morrison y tras un par de álbumes fallidos, The Doors han pervivido a lo largo de las décadas gracias a haberse hecho merecedores a un lugar de privilegio en el selecto grupo de las bandas de culto, aunque en su caso de alcance masivo. También ha podido influir en ello una apreciable habilidad para adaptarse a la marea del negocio musical con una inteligente gestión de su legado musical, no siempre exenta de polémica, pero sí tremendamente eficaz a la hora de consolidar su leyenda.

Sea como fuere, este año se cumple ese 50 aniversario de la publicación del disco y ello ha dado lugar a bastantes noticias. En primer lugar, el ayuntamiento de Los Angeles, California, designó el 4 de enero, día de la publicación del álbum, como Día de The Doors, todo un reconocimiento por parte de la ciudad que vio nacer a la banda y de la cual ha sido siempre representativa. Efectivamente, ese día el batería John Densmore y el guitarrista Robby Krieger, los dos únicos miembros vivos del grupo, asistieron a un evento en Venice, donde la banda se formó a mediados de los años 60, en el que se le celebró la proclamación de su día. Por otro lado, su sello actual editó a finales del año pasado una pequeña joya de coleccionista, The Doors: London Fog 1966, un disco en directo que recoge una actuación en el primer club que les acogió como grupo residente en el mítico Sunset Boulevard, antes de dar el salto al Whisky a Go Go y comenzar su meteórica carrera hacia el estrellato. Por último, como no podía ser menos, la banda ha anunciado una reedición de lujo de su álbum de debut para conmemorar el aniversario, que incluye, entre otras sorpresas, un vinilo con la mezcla original en mono. Su lanzamiento está previsto para el día 31 de este mes.

John Densmore y Robby Krieger en la celebración del día de The Doors

¿Qué significó en su momento y qué significa aún uno de los considerados grandes clásicos del rock and rollThe Doors se grabó a finales del 66, el año de la gran explosión de la música pop , según la crítica especializada, y el disco, inevitablemente, forma parte de ese boom. Dejando de lado el irresistible carisma de Morrison, factor imposible de soslayar, su contribución a la onda expansiva del movimiento probablemente tiene que ver con lo que la banda californiana aportó de original y novedoso.

En ese sentido, en lo musical el rasgo más característico del disco es ese melting pot estílistico tan propio de la cultura americana, en el que cualquier elemento es potencialmente utilizable sin ningún tipo de prejucios. Hay rhythm´n´blues clásico en la onda de Ray Charles, blues de Chicago, jazz, bossanova, pop, ragas indias, etc. Todo mezclado de forma absolutamente ecléctica, como quizás solo se puede hacer en una ciudad como Los Angeles, que es un crisol de culturas de muy diversa procedencia. “Le robábamos a todo el mundo”, reconocía poco antes de morir el teclista Ray Manzarek. En la línea de bajo del solo de ‘Light my fire’ está el ‘My favourite things’ de John Coltrane, el ritmo de ‘Break on through (to the other side)’ es un latin beat, la guitarra de ‘The end’ emula los sitares de Ravi Shankar, etc.

Pero es quizá en la parte lírica donde se encuentra quizá el peso específico del álbum, habida cuenta de que la música de The Doors es, básicamente, un vehículo para dar rienda suelta a la vibrante imaginería psicodélica y simbolista de las letras de Morrison, cuyo primer amor declarado era la poesía y que se consideraba así mismo poeta antes que cantante. Disimuladas y camufladas en el envoltorio de esas eclécticas canciones pop se encontraban unas letras que exploran de manera inconformista y nada complaciente el lado más oscuro de los anhelos y miedos de la psique humana, influenciadas por la filosofía de Nietzsche y la poesía de Rimbaud y William Blake, así como por la literatura beat en general. En ellas el amor no es aquel fraternal y puro de los hippies que proliferaban en torno a la bahía de San Francisco. En las letras de Morrison, va acompañado indisolublemente de la muerte o del dolor, en un viaje iniciático a ese lugar del fin de la noche donde uno podría encontrarse a los locos hambrientos del poema ‘Aullido’ de Allen Ginsberg, por ejemplo. De modo análogo a lo que había ocurrido unos años antes con Bob Dylan, en su actitud hay algo diferente y peligroso, una audacia artística que va muy en serio y que por supuesto trasciende los planteamientos de la música pop al uso como entretenimiento fácil para teenagers. Dylan marcó el camino y lanzó la primera advertencia seria atreviéndose a decir lo que estaba latente en el inconsciente colectivo de su generación: el status quo que mantiene un sistema injusto y opresor tiene los días contados. El molde de la vieja sociedad clasista, sexista e hipócrita mostraba grietas por todas partes y pronto comenzaría a resquebrajarse. Morrison planteaba lo mismo desde otros presupuestos, los de un hedonismo desafiante contra toda autoridad que reprimiese la libertad individual, ya sea exterior o interiormente.

Yendo al meollo del álbum, que son las canciones, ‘Break on through’, primer single y el tema que abre el álbum, es toda una declaración de principios en este sentido: liberación absoluta de las cadenas que impiden la realización personal. Es sabido que Morrison declaró que sus padres estaban muertos, en el formulario que Elektra -su discográfica- pasaba a los grupos para recoger la información básica de cara a la prensa, y posteriormente no quiso volver a tener contacto con ellos: ruptura total con el pasado, reseteado y construcción de una identidad nueva no sujeta a ningún tipo de restricción o convención social. Pero donde de verdad los Doors exploran a fondo este tema es en ‘The end’, pieza épica de más de 11 minutos de duración que contiene la célebre parte edípica en la que Morrison se enfrenta a los más sagrados tabús morales de la cultura humana: el parricidio y el incesto. La liberación del miedo y la represión llega tras ser pronunciadas las palabras más prohibidas que describen los actos más aberrantes: “Padre, quiero matarte / Madre, quiero…”. La invocación dramática de estos mantras funcionaba solo en el plano simbólico de la representación, pero formaba parte del ritual iniciático necesario para el nacimiento de un nuevo yo, individual y colectivo, y, por supuesto, escandalizó a propios y extraños. Morrison llevaba al plano artístico la represión del inconsciente formulada por Freud, y utilizaba su propio lenguaje metafórico para romper los diques de contención. Todo ello desarrollado a través de un misterioso e hipnótico raga que va subiendo en intensidad hasta alcanzar un clímax cacofónico en el que finalmente toda la tensión del conflicto se resuelve y el nuevo Edipo parece salir triunfante, despidiéndose definitivamente del viejo ego y dispuesto a afrontar su nueva realidad.

Pero en ‘The Doors’ hay mucho más, y ahí está ‘Light my fire’, el single que les aupó vertiginosamente a la fama permitiéndoles colarle su mensaje subversivo a buena parte de la juventud americana. Amor y muerte, nuevamente, y el famoso ‘chica, no podemos colocarnos más’, las palabras malditas que les llevaron a ser vetados en el famoso programa de televisión de Ed Sullivan (ver vídeo abajo) tras su explosiva actuación en la que infringieron la prohibición de no pronunciarlas en prime time. Por lo demás, el disco es una buena colección de temas pop con mucho groove, como ‘Soul kitchen’; de buen pop sesentero a secas –’21th century fox’, ‘I looked at you’, ‘Take it as it comes’-; de baladas de oscuro lirismo –‘Crystal ship’, ‘End of the night’-; de blues de Chicago –‘Back door man’-; y alguna deliciosa extravagancia, como ‘Alabama song’, el tema que rescataron de la ópera ‘Ascenso y caída de la ciudad de Mahagony’, creada por Bertold Brecht y Kurt Weill en el periodo de entreguerras.

Recapitulando, pues, visto desde el presente, cincuenta años después, en el álbum de debut de los californianos se encuentran ya maduros gran parte de todos los elementos característicos que les hacen reconocibles y les definen, y que posteriormente desarrollarían hasta su agotamiento a lo largo de su desgraciadamente corta trayectoria, bien en el resto de su discografía bien en sus actuaciones en directo y que, como decíamos, les han mantenido vigentes como banda de culto generación tras generación: rebeldía, subversión, inconformismo, hedonismo. Valores seminales del rock, que deberían ser preservados, ya que son sus auténticas señas de identidad, y de los cuales los Doors -y ‘The Doors, en particular- siguen siendo una referencia.

[Si quieres disfrutar de ‘The Doors’ o del resto de la discografía de The Doors consulta su disponibilidad en el catálogo de las Bibliotecas Municipales]

 

Arifi, world music con acento galego

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Os integrantes do grupo Arifi

Desta volta en Bibliosons facémonos eco dun novo proxecto musical no eido das músicas de raíz/fusión, coñecidas tamén coa etiqueta de world music: Arifi. Arifi é o nome que se lle da en Marrocos aos ventos que viaxan de África cara ao norte, á fría Europa, cargados das augas do Mediterráneo e, segundo conta a lenda, con misteriosos poderes embriagadores. E abofé que é un nome moi axeitado, porque todos esos elementos poden atoparse dalgunha maneira no universo musical desta banda galega. En efecto, a súa música semella nacer nese sur arábigo-andalusí e ir subindo, como o vento marroquí, por toda a xeografía da peninsula ibérica, Portugal incluido, recollendo os múltiples sons das súas variadas músicas de raíz, ata chegar a Galicia onde finalmente todas esas voces mestúranse na procura desa ebriedade musical e espiritual do Mediterráneo, non exenta dun certo misticismo de aires sufíes.

Segundo declaran nalgunha entrevista, a principal inspiración de Arifi é o traballo do grupo andaluz Radio Tarifa, referencia a nivel nacional da música mestiza e de fusión. A banda, ao mesmo tempo, faille xustiza a esa idea de multiculturalismo e mestizaxe musical xa que, aínda que predominan os compoñentes de orixe galega, conta tamén nas súas filas con músicos doutras latitudes, en concreto, de Bielorrusia e Venezuela, que aportan texturas e ritmos tanto da Europa eslava como da América latina, os cales se combinan con melodías da música tradicional galega e tamén da portuguesa. Por certo, a súa voz solista, Iria Estévez, lidera tamén Clave de Fado, un proxecto musical paralelo que comparte con Gonzo Piña, baixista multiinstrumentista do grupo, e que se centra na música por antonomasia do noso pais veciño.

Feitas as presentacións pertinentes, as novas son que Arifi ven, por unha banda, de estrear o seu primeiro videoclip, que leva por título ‘Senhora de Almortao’ (ver abaixo) e, por outra, que están a piques de comenzar unha pequena xira de presentación do grupo polo norte da península.

A estrea é nada menos que na emblemática Casa das Crechas, en Compostela. Despois, o sábado 24/09, recala en A Coruña no Bâbâ Bar e, tras visitar distintas prazas en Asturias e Euskadi, o 11 de novembro voltarán pola nosa cidade, en concreto á Sala Garufa, para pechar a mini-xira. Agardamos que de xeito moi exitoso. O proxecto promete.

[E lembra que se queres escoitar máis world music podes atopala en calquera das bibliotecas da nosa rede. Consulta o noso catálogo]

Maple Apple+Big Red Panda en LeClub

leclub

Si eres fan del pop-rock alternativo y/o progresivo, estás de enhorabuena. Porque nos han llegado noticias de que este fin de semana la sala LeClub acoge un concierto de dos bandas emergentes cuya música va en esa onda. Los anfitriones son la banda local Maple Apple, que se definen como una banda de rock alternativo-lírico y cuyas influencias cubren un amplio espectro que va desde el rock industrial de Nine Inch Nails o Kidneythieves al rock alternativo de Tool o Radiohead, pasando por el metal lírico de Within Temptation o Delain.

Pero no van a estar solos. Para completar el cartel se han traído a una interesante banda portuguesa, Big Red Panda, con experiencia en festivales en el país vecino como el Vodafone Mexefest o el Sonicblast Moledo. Con claras influencias del rock sinfónico más clásico e intemporal, como Pink Floyd o Yes, vienen a presentar su último álbum, ‘Gran Orbiter’, el segundo larga duración de su discografía después del álbum homónimo con el que debutaron en 2014.

Así que ya sabes, si el cuerpo te pide una buena dosis de psicodelia alternativa, la cita es el sábado a partir de las 22:00 h. Good trip!

[Si no conoces a alguno de los grupos mencionados en el post y sientes curiosidad por saber cómo es su música, recuerda que puedes encontrarlos en nuestras bibliotecas. Consulta su disponibilidad en nuestro catálogo.]

 

El último ladrillo en El Muro

Roger-Waters-The-Wall-Film-2015

Un gran evento va a tener lugar en este recién entrado otoño de 2015. Está a punto de representarse el que será, con toda probabilidad, el último acto de una de las obras más importantes de la historia del rock: el estreno mundial de ‘Roger Waters The Wall’, la película documental sobre la gira que el antiguo miembro y ex-líder de Pink Floyd realizó durante tres años, de 2010 a 2013, con la nueva puesta en escena de su espectáculo de ‘The Wall’ (‘El muro’) a lo largo y ancho de cuatro continentes.

La trascendencia del acontecimiento se percibe, por un lado, tanto en la magnitud de la potente campaña de marketing que ha ido calentando el ambiente desde el otoño pasado, con la premiere en el Festival Internacional de Cine de Toronto y, ya este año, desde antes del verano con el anuncio del estreno y demás goteo de información -incluidos el impresionante trailer oficial de la peli (ver abajo) y otros clips (ver más abajo)-, como, por otro, en la escala del estreno en sí, ya que se va a celebrar el 29 de septiembre de forma simultánea en 2000 salas de cine de todo el mundo. A todo ello, además, hay que sumarle el extra de una entrevista exclusiva en la que el propio Waters y Nick Mason, batería de PF, responderán a una serie de preguntas previamente enviadas por los fans.

De todos modos, más allá de los fastos del estreno y del valor intrínseco del documental como tal, lo relevante es que se trata prácticamente del epílogo a la carrera de uno de los grandes pesos pesados de la historia del rock. A pesar de que Waters ha anunciado que está trabajando en un último nuevo proyecto -otro disco conceptual, por utilizar esa terminología obsoleta tan asociada a la discografía de PF, sobre la relación de un abuelo y su nieto que se preguntan cómo alguien es capaz de matar niños-, lo cierto es que difícilmente logrará el alcance y la repercusión que sí ha conseguido con esta reedición de su obra magna. Lo que, a propósito, ha supuesto para él una suerte de redención tras varios lustros de amarga travesía por el desierto en su carrera en solitario, después de abandonar PF allá por mediados de los años 80, con la cual nunca llegó a obtener un reconocimiento a la altura de su prestigio anterior.

El documental recoge imágenes del espectáculo en sí, totalmente renovado en el aspecto visual, grabadas en tres ciudades diferentes, intercaladas con las del viaje que Waters emprende desde el Reino Unido a Italia tras las huellas de su padre, muerto en la batalla de Anzio en la IIGM y uno de los principales leitmotifs de la obra. La narrativa original de TW giraba en torno al personaje de Pink, una estrella de rock alienada -trasunto tanto del propio Waters como de Syd Barrett, miembro fundador del grupo y pionero de la psicodelia, al que apartaron poco después de la publicación del primer disco por presentar una conducta errática con síntomas evidentes de una esquizofrenia no diagnosticada- quien encerrado en su habitación de hotel entra en un proceso de enajenación mental que desemboca en un delirio paranoide.

Durante el mismo, sucesivos flashbacks van revelando el porqué de su estado: diferentes episodios traumáticos en su vida (la muerte de su padre en la guerra, una madre sobreprotectora, la represión del sistema educativo, la separación de su mujer, las presiones del show business, etc.) han ido llevándole a un aislamiento progresivo cuyo resultado final es la creación de una identidad imaginaria represiva y totalitaria. Cada una de esas experiencias dolorosas es un ladrillo más en un muro también imaginario, el de su incomunicación, aunque real en sus consecuencias, que al mismo tiempo que le protege también le separa de los demás. En la nueva versión, sin embargo, Pink pasa a un segundo plano y el relato se centra en los aspectos más políticos y universales de la historia, en poner de manifiesto nuestro potencial como seres humanos para cooperar superando todas aquellas barreras que pretenden dividirnos y separarnos, como le gusta hacer hincapié a Waters.

Lo común a ambas versiones, no obstante, es esa simple pero al mismo tiempo tremendamente efectiva metáfora sobre la incomunicación: el miedo puede llevarnos a caer en una sobreprotección extrema que anule nuestra capacidad espontánea de sentir empatía por los demás, por el “otro”. ‘El infierno son los otros’, decía Sartre. De ahí a las actitudes y comportamientos hostiles hacia lo diferente solo hay un paso.

Como se sabe, el germen de la idea de TW surgió en la gira de Animals, el disco inmediatamente anterior de PF, donde se produjo la famosa anécdota que le dio origen: en el último concierto en el Estadio Olímpico de Montreal, un Waters en estado de desafección y alienación crecientes por la escala cada vez más deshumanizada de los conciertos en estadios -por culpa de la codicia corporativa de las multinacionales discográficas, preocupadas únicamente por ganar más y más dinero con giras cada vez más megalómanas-, escupió a un fan borracho que trataba de llegar hasta el escenario. Más tarde, ya en el hotel y aún conmocionado por su comportamiento, se le ocurrió la idea de construir un muro entre el público y la banda como barrera de protección. Esa idea tan básica se convirtió posteriormente en disco, película y concierto. Y, efectivamente, Waters tuvo su muro: en las representaciones en directo una serie de operarios se encargan de construir un muro físico entre el público y la banda, que a la mitad del concierto queda totalmente tapada detrás de una gigantesca pared de ladrillos blancos sobre la que, en la nueva puesta en escena, se proyectan las antiguas animaciones de Gerald Scarfe y los espectaculares nuevos efectos visuales.

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RW sobre el fondo del ejército de martillos opresores marchando

Ahora, casi cuarenta años después, el proceso creativo que desencadenó ese suceso aparentemente trivial toca a su fin. RW pone el punto final a su obra más lograda y ambiciosa, una difícilmente repetible combinación de rock, teatro, performance y espectáculo multimedia, y sin duda el máximo exponente de su abrumador legado artístico. El día 29 asistiremos por última vez al ritual catártico de levantar y derruir el muro de nuestra incomunicación. En la web del evento se pueden consultar las salas más cercanas donde se estrena la película y reservar las entradas.

Por cierto, en cuanto a la vigencia de su mensaje, parece totalmente innecesario recalcarla a la vista de los acontecimientos recientes relativos a fronteras y barreras humanas, ¿no?

[Y recuerda que puedes disfrutar de la discografía de PF y RW en las Bibliotecas Municipales. Consulta su disponibilidad en nuestro catálogo]

 

U2 o el desafío de la irrelevancia

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   U2 en una imagen de los ensayos en Vancouver para la nueva gira

Es mucho más fácil tener éxito que ser relevante‘, reconoció el cantante de las sempiternas gafas de sol en una entrevista en 2010 y, más recientemente, ‘U2 está ahora muy cerca de la irrelevancia‘. Últimamente, todo alrededor de U2 parece girar en torno a ese concepto. Todo son dudas e inseguridades ahora mismo en el seno del grupo nacido en la zona norte de Dublín en los años 70, que de un tiempo a esta parte ha ido perdiendo gran parte de su prestigio y credibilidad hasta el punto de haber llegado a convertirse casi en la sombra de lo que fue: la banda más grande del mundo. Demasiada sobreexposición mediática, demasiada filantropía megalómana, demasiada divergencia entre el discurso y los hechos (como trasladar la sede fiscal de U2 Limited a Amsterdam para pagar menos impuestos). Los números, no obstante, y a pesar del fiasco de ventas de su penúltima entrega, No Line On The Horizon (2009) -unas despreciables, para sus estándares, 6 millones de copias-, siguen siendo enormes. Los de la última gira –360º Tour– fueron de record: 7,2 millones de espectadores en 110 conciertos a lo largo de 4 continentes que recaudaron la friolera de 735 millones de dólares.

Pero esas cifras no significan nada, en el contexto del rock and roll, si no van acompañadas de la repercusión y capacidad de influencia que el grupo tuvo en el pasado y que a día de hoy parecen haberse evaporado. La duda -y el reto- es saber si de forma definitiva.  Al parecer, Bono y compañía están descubriendo que quizás exista una relación inversamente proporcional entre esos dos conceptos clave, el éxito y la relevancia. No se puede servir a Dios y al dinero, dice Lucas 16:13, que debe de ser el único versículo de la Biblia que Bono -devoto católico confeso y buen conocedor de las Sagradas Escrituras- no ha leído.

El caso es que, y esta es la noticia, la gran maquinaria de U2 se vuelve a poner en marcha este jueves 14 de mayo en Vancouver, Canada, en el estreno de su nueva gira mundial, Innocence & Experience Tour 2015 [ver abajo el trailer del tour que presentaron en exclusiva en el show de Jimmy Fallon]. Los irlandeses vuelven a la carretera para presentar su último disco, Songs of innocence, primera entrega de un proyecto que incluye la publicación próximamente de una segunda parte que llevará por título Songs of experience, ambos alusivos a los célebres libros homónimos del poeta inglés William Blake.

Aunque las cosas no han empezado con demasiado buen pie. Por un lado, por la polémica publicación de SOI, en asociación con Apple, debido a su controvertida distribución gratuita y directa en la biblioteca de todos los usuarios de iTunes, lo que provocó un aluvión de críticas en las redes sociales bajo la acusación de intromisión en la privacidad, y el fracaso estrepitoso, por tanto, en términos de imagen, de la estrategia de marketing, que ha generado el suficiente rechazo como para que la banda haya tenido que disculparse públicamente -aunque, desde otro punto de vista, ha sido el lanzamiento musical de mayor alcance de la historia, llegando a 500 milllones de personas; el tiempo dirá si fue una jugada comercial inteligente o contraproducente-. Por otro lado, por el desafortunado y grave accidente de bicicleta que sufrió Bono en Nueva York justo en medio de la promoción del disco y el tour, que tuvo que ser cancelada.

Sin embargo, el apoyo de los fans de la banda no ha decaído, y la gira, que visitará las grandes plazas de América y Europa -en España cuatro noches en Barcelona- ha sido prácticamente un sold out y en casi todas ellas se han ampliado fechas. Alguien hizo un comentario irónico en las redes sociales que venía a decir, más o menos, “nadie sigue a U2 pero luego vienen a tu ciudad y se agotan las entradas en menos de una hora”. Pues eso. Parece ser que ya se está hablando de una segunda manga de la gira en 2016 que podría volver a recalar en la península en Madrid y Donosti.

El espectáculo, como el disco, es un viaje a los inicios de la banda en busca de los motivos que les llevaron a formar el grupo, un retorno a la propia esencia, a su razón de ser. Las canciones hacen referencia a la calle donde nacieron (Cedarwood Road), al descubrimiento del rock and roll (The Miracle of Joey Ramone) [ver vídeo abajo], al  primer amor (Song for Someone), al sentimiento de pérdida (Iris) o a la violencia y división social de la Irlanda en la que crecieron (Raised By Wolves). Todo gira en torno a los “primeros viajes”, en palabras de Bono. La puesta en escena, que promete ser espectacular, como acostumbran, incluye dos escenarios unidos por una pasarela que dividirá al público, pero solo hasta la mitad del concierto, jugando con las ideas de confrontación y reconciliación. Ahí queda la alegoría.

En cualquier caso, la expectación es máxima y las expectativas son altas, como la apuesta que el grupo ha hecho contra sí mismo. Hay que reconocerles, por lo menos, que no se han puesto las cosas nada fáciles. El desafío es saber si su propuesta tiene todavía vigencia o si es mejor que el repertorio de sus grandes éxitos lo sigan tocando las mil y una bandas tributo suyas que proliferan por ahí. Renacimiento o entierro.

Si es un entierro, qué mejor que sea uno irlandés. Tienen fama de ser muy divertidos.

[Si quieres disfrutar de Songs Of Innocence o del resto de la discografía de U2 consulta su disponibilidad en el catálogo de las Bibliotecas Municipales]

Björk: la vulnerabilidad que cura

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Dos noticias recientes han vuelto a traer a Björk, la otrora musa de la música alternativa, a los titulares de los medios: por un lado, la salida esta semana en formato CD de su último disco, Vulnicura -tras la filtración en la red a principios de año, lo que forzó un apresurado lanzamiento digital online-; por otro, la inauguración de una retrospecitva en el MoMa de Nueva York sobre su carrera en solitario como compositora y cantante a lo largo de más de 20 años que se podrá visitar hasta el 7 de junio. La confluencia de ambas nos da pie para hacer un breve repaso por el presente de la pequeña e indómita islandesa a la luz del pasado y viceversa.

Empezando por lo más actual, Vulnicura, su octava entrega, supone un cambio significativo en cuanto a las pretensiones y el planteamiento del disco anterior, Biophilia (2011), un ambicioso proyecto que iba más allá de lo meramente musical, el cual incorporaba una serie de aplicaciones interactivas para iPad y un proyecto educativo online para trabajar con y sobre ellas, y cuyo eje temático giraba en torno al amor -y la curiosidad- por la vida y la naturaleza en todas sus manifestaciones. En esta ocasión, Björk se vuelve sobre sí misma y nos ofrece un relato intimista sobre la ruptura sentimental y familiar con su pareja, el artista Matthew Barney, con el que trata de “documentar” -como revela en ‘Stonemilker’, el tema que abre el disco- todo el proceso casi con minuciosidad de entomóloga, abriéndose en canal, exponiendo abiertamente su vulnerabilidad -“soy una herida”- y yendo al fondo de su dolor para tratar de comprenderlo, metabolizarlo y acabar finalmente superándolo resurgiendo de sus cenizas, haciendo honor una vez más al extraordinario coraje que siempre ha tenido como artista.

En lo musical, en este nuevo disco, como en prácticamente todos a partir de Médulla (2004), volvemos a encontrar a una Björk que huye de las estructuras convencionales y cómodas del pop, desdibujando las fronteras entre estilos y géneros musicales e internándose en el terreno de la música experimental, a base de densas combinaciones de delicadas texturas de cuerda y sofisticados beats electrónicos. A pesar de que su irrupción en solitario en el panorama musical de principios de los 90 tuvo lugar dentro de la escena pop, pronto fue obvio que ese traje le venía muy estrecho. Si algo caracteriza a Björk es su insaciable curiosidad y su búsqueda incansable de nuevas formas de expresión musical y artísticas, con un amplísimo abanico de influencias que van, por ejemplo, desde el rap combativo de unos Public Enemy hasta el serialismo vanguardista de un Stockhausen. Paradójicamente, sin embargo, el exuberante eclecticismo de su música se ha acabado convirtiendo en su gran handicap de un tiempo a esta parte, perdiendo gran parte del predicamento del que gozaba tanto entre la crítica como entre el público en general, que progresivamente se han ido descolgando de su tendencia al experimentalismo.

Ello resultó notorio, por ejemplo, en la visita que hizo a tierras gallegas en 2012 para actuar en la Ciudad de la Cultura, en donde hubo momentos de gran desconexión con el público. Dejando de lado la absoluta inadecuación del recinto -una de las explanadas exteriores del complejo- para el evento y que hacía un frío polar, a pesar de coincidir con el solsticio de verano, era evidente que gran parte de la gente iba buscando a la diva pop de ‘Big time sensuality’ o ‘Violently happy’ y que se encontraba un tanto desconcertada e incluso fuera de lugar ante el intimismo cósmico de ‘Moon’ o con su incursión en las profundidades fantasmagóricas de la microbiología en ‘Hollow’ (ver abajo el vídeo realizado en colaboración con el animador biomédico Drew Barry). El problema de Björk, yendo al meollo de la cuestión, es que en realidad ya no hace, ni por asomo, música pop, pero todavía continúa arrastrando esa etiqueta, quizás por inercia, quizás como reclamo comercial. Su música encaja muchísimo más en contextos que permitan una escucha atenta de la infinita cantidad de matices y calidades que atesora, como auditorios, que en festivales o conciertos como el del Gaiás en los que el público espera, cerveza en ristre, un hit pop tras otro.

En este sentido, la exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York le hace justicia y sí parece mucho más acorde con su universo creativo. En ella se muestran sonidos, películas, imágenes, instrumentos, vestidos y objetos que recogen, a modo de crónica, más de dos décadas de una carrera caracterizada por los proyectos “audaces” e “innovadores”.  Los intereses de Björk siempre han ido mucho más allá de la música, abarcando cualquier forma de expresión creativa que, por supuesto, también incorpora en ella. Por ello, la retrospectiva incluye los robots que Chris Cunningham diseñó para el vídeo ‘All is full of love’, el vestido con forma de cisne de Marjan Pejoski que causó tanto revuelo en la gala de los Oscar en 2001 o el espectacular vestuario “orgánico” diseñado por Iris van Herpen para la gira de Biophilia.

Después de 20 años, nadie podrá reprocharle haberse acomodado. Ciertamente.

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Imagen de la instalación ‘Black lake’ del MoMa

AC/DC: cuatro décadas de corriente continua

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La mítica banda australiana en la época de ‘Highway to hell’

La semana pasada nos dejó un par de efemérides musicales de esas que no deberían pasar desapercibidas. Las dos, aunque de muy distinto signo, hacían referencia a la misma banda, y no precisamente una cualquiera: los legendarios AC/DC. Por un lado, se cumplían cuarenta años -febrero de 1975- de la publicación de su primer disco (‘High voltage’, edición australiana); por otro, se conmemoraba el trigésimo quinto aniversario -febrero de 1980- de la desgraciada muerte de su primer cantante, el salvaje y carismático Bon Scott.

Si a ello le sumamos el reciente regreso del grupo al primer plano de la actualidad, por noticias de cariz también muy diferente -la enfermedad neurodegenerativa del guitarrista Malcolm Young que le ha apartado total y definitivamente de la banda, los problemas con la ley del batería Phil Rudd, la publicación de ‘Rock or bust’, su décimo sexto álbum de estudio, y el anuncio de su enésima gira mundial sold out-, parece un buen momento para echar la vista atrás y hacer una breve repaso a su carrera, una carrera larga, exitosa y polémica casi a partes iguales.

Porque AC/DC se pueden considerar un ejemplo paradigmático del frecuente desencuentro que suele haber entre crítica y público: detestados por la primera y adorados por el segundo, su caso es otro episodio más en la historia del recelo proverbial de los críticos a cualquier cosa que huela a mainstream, en su propensión infatigable a distanciarse de la vulgaridad de las masas.

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Angus Young en pleno rapto eléctrico

Aunque en este caso lo de la vulgaridad viene al pelo, porque a los australianos se les puede acusar de cualquier cosa menos de sutiles y exquisitos. Aunque con matices. En relación con esto, se me viene a la cabeza aquella frase que pronunciaba Mozart en la película ‘Amadeus’: “yo soy vulgar, pero mi música no lo es”.

 

La crítica siempre les ha reprochado su estilo tosco, testosterónico, básico y rudimentario. Y, en efecto, sus canciones no son el lugar más idóneo para buscar una lírica refinada ni reflexiones existenciales sobre los grandes problemas de la humanidad. Bon Scott decía que él hacía poesía de lavabo. Sus letras giran en torno a los grandes tópicos del rock and roll y no con un estilo excesivamente original: la vida en la carretera, la épica del chico malo, juergas, chicas, alcohol, broncas,etc. En fin, nada edificante. De todos modos, no hay que perder de vista que en el momento de la eclosión del grupo -mediados de los setenta- esa estética macarra quizás tuviera un cierto prestigio, análogo, salvando las distancias, al que puedan tener hoy en día las estrellas del hip hop. El macarra como working class hero, como un fuera de la ley que vive siguiendo sus propias reglas al margen de las convenciones sociales, una especie de versión degradada de la marginalidad beat. El malogrado Bon Scott encarnaba perfectamente ese papel, en su modalidad de rockero entregado al exceso.

El punto fuerte de AC/DC, en cualquier caso, ha sido siempre la música. A pesar de que se les ha acabado metiendo en el saco del heavy metal, cualquiera que haya seguido su trayectoria sabe que desde el principio lo que han pretendido hacer ha sido genuino rock and roll, aunque poderoso y de alto voltaje. Chuck Berry es la referencia básica, de ahí el homenaje que aún hoy le dedica Angus en el escenario con el célebre duckwalk. Tanto Angus como Malcolm, los dos cerebros musicales de la banda, siempre han recalcado la importancia del ritmo en su música, un ritmo primario y contagioso más cerca, en esencia, de Buddy Holly que de Iron Maiden.

Dentro de la primera etapa del grupo, hasta la muerte de Bon Scott, hay que destacar dos obras maestras: ‘Let there be rock’ (1977), tal vez su disco más compacto, intenso y crudo, con esos dos himnos que son el tema homónimo y ‘Whole lotta Rosie’ (ver vídeo arriba)y, por supuesto, ‘Highway to hell’ (1979), redondo de principio a fin y que les aupó al reconocimiento internacional. Reconocimiento que sería masivo ya en la segunda etapa, con la entrada del vocalista Brian Johnson y el mega éxito global de ‘Back in black’, el tercer disco más vendido de la historia del rock, alrededor de 50 millones de copias, solo por detrás del ‘Thriller’ de Michael Jackson y de ‘The dark side of the moon’ de Pink Floyd.

A partir de ese momento tuvieron acceso a audiencias masivas y a un público más transversal, aunque la inspiración se resintió y ya no volvió a los niveles previos. De todos modos, tampoco es que lo hayan necesitado. A pesar de que no han reeditado ni por asomo el impacto de HTH y BIB, se han mantenido a lo largo de los años con algún nuevo éxito ocasional -como el single ‘Thunderstruck’, de ‘The razors edge’ (1990) o las buenas ventas de ‘Black ice’ (2008), que llegó al nº1 en el Reino Unido- y el apoyo de una acérrima legión de fans que nunca les ha abandonado.

En cualquier caso, después de cuatro décadas y alrededor de 200 millones de discos vendidos, han alcanzado el merecido status de historia y leyenda viva del rock and roll.

[Si quieres disfrutar de la discografía de AC/DC consulta su disponibilidad en el catálogo de las Bibliotecas Municipales]

Royal Blood: savia nueva para el hard rock

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Es como decir: “Coge toda la música pop, métela en un cartucho, ciérralo y dispara el arma”. Da igual si estas diez o quince canciones suenan en términos generales igual. No te importa en qué periodo fueron compuestas ni de lo que tratan. Es la maldita detonación que producen cuando disparas el arma. Es el hecho. Eso es el rock and roll.

Pete Townshend en ‘La historia del rock and roll en 10 canciones’ (Greil Marcus, Editorial Contra, 2014)

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El dúo de Brighton en acción

Díficil encontrar una explicación más apropiada que la de la cita precedente del legendario guitarrista de los Who -hablando de la esencia del rock and roll- para describir el impacto que produce la música de Royal Blood, la nueva sensación y promesa del hard rock surgida de las islas británicas. Una detonación, sí, una explosión de adrenalina que va directamente al sistema límbico y lo toma por asalto. Su irrupción ha supuesto una actualización de las esencias del género, pero sin abandonar los fundamentos: el riff demoledor, el estribillo contagioso. Un género, por cierto, el hard rock, en crisis permanente o directamente en estado comatoso desde hace bastantes lustros, víctima de un flagrante estancamiento tanto en lo musical como en lo estético, demasiado propenso en general a la megalomanía y al exceso de testosterona, y al que este par de jovenzuelos han sido capaces de insuflarle nueva vida.

En efecto, el dúo de Brighton, formado por el bajista y cantante Mike Kerr y el batería Ben Thatcher, fueron directos al nº 1 con su álbum -homónimo- de debut en agosto del año pasado y desde entonces su prestigio no ha hecho más que crecer. El secreto de su éxito es que es uno de esos raros discos en los que prácticamente todos los temas son singles potenciales y, por si eso fuera poco, además el dúo los defiende contudentemente a base de un potentísimo e impecable directo, con el cual arrasan por donde pasan y que ha sido aplaudido y elogiado hasta por el mismísimo Jimmy Page.

Pero, ¿qué es lo que tienen de especial para haber conseguido este éxito tan fulgurante? ¿Qué aportan de novedoso a un género tan venerable como sumido en la decadencia? En principio, lo que les hace diferentes, y obviamente su rasgo más característico, es el tipo de formación que presentan, bajo-batería, del todo inusual, aun en los diversos dúos que han surgido en la escena rockera en los últimos años y con quienes solo en apariencia comparten un cierto aire de familia, The White Stripes o The Black Keys, por ejemplo. Lo decisivo, no obstante, es que, haciendo de la necesidad virtud, han sido capaces de darle la vuelta a ese factor a priori tan limitante -¿hard rock solo con los instrumentos de la base rítmica?, ¡guau!-, y lo han convertido en su fortaleza, porque lo cierto es que consiguen sonar como una auténtica apisonadora. Gracias a un inteligente uso de los pedales de efectos Kerr utiliza su bajo propiamente como tal o como una guitarra, alternativa o simultáneamente, bastándose el solito para sonar como toda una banda de rock convencional.

Pero no es solo la contundencia en el sonido y la efectividad en la ejecución, que es lo que la crítica en general destaca, hay algo más detrás del poderío del dueto. Está también la altísima calidad de la música, con temas de arquitectura perfecta, concisos y directos, en los que no sobra ni falta nada. Desde luego, parece imposible hacer más con menos. Y sería injusto olvidarse de la magnífica voz de Kerr, con una afinación perfecta, un estilo vocal rotundo y cálido al mismo tiempo, y unas melodías pegadizas que le dan el acabado perfecto a las canciones. Todo flamantemente fresco y rebosante de energía.

Como para perderles la pista.

[Por supuesto, contamos con ‘Royal Blood’ en las Bibliotecas Municipales. Consulta su disponibilidad en nuestro catálogo y disfrútalo.]

‘Feast of friends’: vuelve el Rey Lagarto

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Ya han pasado más de cuarenta años desde la muerte de Jim Morrison, el Rey Lagarto, y apenas uno del fallecimiento del teclista Ray Manzarek, cerebro y brillante gestor del rentable catálogo de la banda tras las muerte de Morrison, pero los Doors parecen no querer morir nunca. Con el batería John Densmore todavía de ronda por todos los medios habidos y por haber presentando su último libro, ‘The Doors Unhinged: Jim Morrison´s Legacy Goes on Trial’ (‘Los Doors desquiciados: el legado de Jim Morrison a juicio’, no publicado en español hasta la fecha), en el que cuenta el penoso pleito judicial con sus excompañeros –Manzarek y el guitarrista Robby Krieger– a causa, precisamente, de la dudosa gestión de ese legado, la legendaria banda vuelve a ser noticia. Esta vez por el lanzamiento de ‘Feast of Friends’, la enésima  y probablemente penúltima reencarnación de Morrison, en esta ocasión en DVD.

No deja de resultar asombroso que continúen pasando los años y que una banda, a priori, tan peculiar y con un estilo tan difícil, tan oscuro y volcado hacia la poesía, tan de su tiempo también, como The Doors siga teniendo tanta repercusión y vendiendo, y vendiendo bien, algo más que simples recopilatorios de éxitos para nostálgicos de los 60. Porque los Doors nunca han sido los Beatles, solo muy breve y tangencialmente tuvieron ese perfil mainstream. Pero, obviamente, Jim Morrison, el mito, sigue vigente generación tras generación.

 

Yendo al grano, ¿qué ofrece de nuevo ‘Feast of Friends’ que compense la molestia y los euros? Nuevo, lo que se dice nuevo, poco. La cinta recupera el metraje original del documental homónimo que Morrison y Manzarek, estudiantes de cine en la UCLA, se propusieron realizar sobre la vida de la banda en la carretera en el momento de su máximo apogeo, en el verano del 68, en aquella época convulsa tanto política como culturalmente. Durante aproximadamente un año, un par de colegas suyos de la universidad les siguieron con un equipo básico de grabación registrando las interacciones tanto internas como externas del grupo, dando lugar a un amasijo de imágenes al que nunca acabaron de darle forma y que finalmente quedaron arrumbadas en algún cajón, aparentemente para siempre.

El problema es que, como los muy fans saben, todo ese material acabó reapareciendo pasados los años y fue utilizado en diferentes formatos y películas a lo largo del tiempo, convenientemente troceado y editado para darle sentido y coherencia, dejando de lado la idea inicial. La última vez con ocasión del más que aceptable documental ‘When You´re Strange’ (2009), dirigido por Tom Dicillo y narrado por el mismísimo Johnny Depp, en el que parecía que, de una vez por todas, se hacía justicia a la memoria y el legado de Morrison tras el lamentable fiasco del engendro aquel de película perpetrado por Oliver Stone en la que su figura aparecía totalmente caricaturizada. Bien concebido y editado, el documental ponía las cosas en su sitio mostrando en forma canónica a las nuevas generaciones el por qué del estatus de leyenda de Morrison.

 

Volviendo a ‘Feast of friends’, lo único novedoso en sí de la nueva edición, y su pretexto, restauración y remasterización del metraje aparte, es recuperar el proyecto original de un documental de forma libre al estilo del cinema verité de la época. Lo cual, siendo benévolos, en cierta manera, la redime.

Su valor, en cualquier caso, estriba en recoger, un poco en la forma en la que fue concebido, el espíritu de la banda en el momento álgido de su carrera y en el contexto de la época. Ya lo habíamos visto en mil ocasiones, pero aún impresiona ver la presencia felina y magnética de Morrison revolcándose y retorciéndose chamánicamente sobre el escenario, literalmente como un poseso, rodeado de una desconcertada policía que no sabe que hacer para contener a las masas de jovenzuelos y jovenzuelas que pretenden tomar el escenario al asalto, enardecidas por sus movimientos. Los Doors y su mensaje contestatario –“somos políticos eróticos”, decía Morrison– siempre han sido sinónimo de tumulto, caos, desorden, rebelión y subversión, y eso se percibe en ‘Feast of Friends’.

Por lo demás, la edición incorpora algunos extras interesantes, como el concierto-documental ‘The Doors are Open’, que recoge la mítica actuación en el Roundhouse de Londres, en la gira europea del 68, o una grabación anterior, del 67, en directo del clásico ‘The End’ para la televisión canadiense, aunque ambos eran ya sobradamente conocidos.

En definitiva, cualquier excusa es buena para revisitar a los Doors. Puedes hacerlo recurriendo al material de cualquiera de nuestras bibliotecas. Consulta aquí el catálogo.