Terapia primal en Compostela II: la crónica

Primal Scream nunca falla‘. Ése era el titular con el que abría una crónica sobre el FIB este verano y la vitola con la que la banda de Glasgow aterrizaba en Santiago el viernes pasado. Año tras año, y van unos cuantos, los escoceses han demostrado allí, y en muchos otros festivales, que son un valor seguro, un grupo solvente que garantiza pasión y entrega musical fuera de toda duda. ¿De toda duda? Pues, visto lo visto en Compostela, no. El viernes surgieron muchas en la Quintana, que finalmente se convirtieron en decepción. Con matices, pero decepción al fin y al cabo.primal-scream

De todos modos, parece que no está del todo claro, a tenor de los debates que empezaron a darse in situ tras el concierto y que han continuado en blogs y redes sociales, si el fiasco -entre comillas- es imputable únicamente a la actitud más bien indolente del grupo o si la frialdad del tirando a escaso público galaico concurrente en el a priori concierto-del-verano tuvo también algo, o mucho, que ver. De hecho, el problema es que ambos factores se retroalimentaron mutuamente.

Todo comenzó con una noche de fresco preotoñal en una Quintana dos Mortos efectivamente bastante morta, oscura y desangelada. Los teloneros, los compostelanos Dirty Socks, tampoco contribuyeron demasiado a caldear el ambiente. Con un sonido embarullado y una actitud más bien poco comunicativa, dieron la sensación de que aún están un poco verdes y de que el evento les venía un poco grande. Lo más destacable de su set fue una aceptable versión del Lucifer Sam de los Pink Floyd barrettianos hacia el final y, sinceramente, poco más. Mucho ruido, literalmente, y pocas nueces.

A continuación salieron Gillespie & co. abriendo con 2013, el correcto primer single de su último disco, More Light. Desde el primer momento resultó obvio que de lo que se trataba era de comprobar hasta qué punto el público les había seguido la pista a lo largo de estos años y si había conexión. Y, evidentemente, de buenas a primeras no la hubo. Pocos dieron muestras de conocer lo último de la banda, lo cual siempre es un hándicap de inicio. De alguna manera, se produjo un distanciamiento que Bobby Gillespie no puso mucho empeño en remediar con una actitud entre errática e indiferente, de mínima complicidad. Solo le vi sonreír una vez durante todo el concierto.

Con todo, la situación parecía remontable cuando, a las primeras de cambio, sacaron la artillería pesada con Movin´ On Up y Jailbird, sencillamente arrolladores. Espejismo. Solo funcionaron a medias. A partir de ahí quedó claro que el público se podía dividir en dos grupos desiguales: los fans que estaban por la labor, minoritario; y el resto… A todo esto, la pésima calidad del sonido tampoco ayudó en nada: la voz estaba baja, las guitarras no se oían con nitidez y el bajo saturaba e incluso llegó a distorsionar en algunas fases, hasta el punto de que por momentos costaba distinguir el tono en el que estaban tocando. Las luces tampoco estuvieron a la altura: Gillespie era el único bien iluminado y el único al que se le podía ver la cara; el resto, en penumbra. Más distancia.

La cosa solo empezó a despegar de verdad en el último tramo, a partir de Loaded. Fue empezar a sonar esa base rítmica absolutamente irresistible y, de repente, la temperatura de la plaza subió bruscamente. Todo el mundo se puso a bailar, a girarse, a sonreírle al de al lado, a dejarse llevar por la música y, al fin, todo cobró sentido. El I don´t wanna lose your love, ese maravilloso mantra hiperpegadizo repetido ad infinitum, nos conectó a todos. Así de simple. A partir de ahí, el concierto entró en su mejor fase. La parte final, con It´s Alright, It´s Ok, Come Together, Country Girl y Rocks (ver vídeo abajo), sí que funcionó a la perfección, aun a medio gas. Y, justo en ese momento, cuando íbamos camino de la reconciliación… that´s all, folks! Ahí se terminó todo. Gracias y buenas noches. Nin un triste bis. En seco. Corte total.

Precisamente lo contrario de lo que necesitaba un concierto que había generado tantas expectativas y que terminó resultando de perfil bajo. Con muchas -demasiadas- fases planas y de desconexión para una banda que desde luego podía y debía haber dado mucho más de sí, independientemente de la actitud del público, que es verdad que tampoco devolvía el suficiente feedback. Un concierto del que lo mejor que se puede decir es que fue de menos a más y que incluso hubiera podido acabar dejando un buen sabor de boca si, para más inri, no hubieran tenido esa descortesía final totalmente inaceptable. Puede que el sector más apático del público no se mereciera ese bis. Pero el otro, el comprometido, que es el que cuenta, sí. Y eso,  Bobby, es imperdonable.

Terapia primal en Compostela

Bobby Gillespie de Primal Scream en plena acción Screamadelica

Bibliosoneros, se va acercando ya el final de este verano de 2013 en el que la oferta de festivales y conciertos con presencia de grupos internacionales en Galicia se ha visto sensiblemente mermada por la crisis. Pero, afortunadamente, de lo poco que ha habido, aún queda lo mejor para el fin de fiesta: Primal Scream, nada menos.

La veterana banda escocesa liderada por Bobby Gillespie recala este viernes en Compostela, dentro del programa de las fiestas del Apóstol, en lo que va a ser su segunda fecha en la península –pasaron por el FIB en agosto-, desgraciadamente cancelada, en un primer momento, a causa del trágico accidente del Alvia en Angrois, y posteriormente reprogramada para el 6 de septiembre. Los teloneros serán Dirty Socks, un grupo emergente compostelano de pop psicodélico en plan retro, joven pero con experiencia, que ya han teloneado a Placebo o Editors, por ejemplo.

Bibliosons estará allí para traeros la crónica, por supuesto. Pero, antes, surgen las preguntas ante la inminencia del magno evento:  ¿En qué momento llegan a Santiago?¿Están aún en forma? ¿Todavía son relevantes? Pues, por si les habíais perdido la pista, el grupo está de gira presentando More Light (2013), su décimo álbum de estudio, que ha cosechado buenas críticas, en general, y que parece no haber decepcionado a casi nadie. Lo cual es noticia, porque supone un cambio de tendencia en la línea irregular y más bien descendente que llevaban en sus últimas entregas. En él, Gillespie y el guitarrista Andrew Innes, alma máter de PS, parecen haber buscado un equilibrio entre las dos principales vertientes del grupo: su lado de rock and roll más clásico, en plan MC5 o los Stooges, directo y contudente, y su lado más experimental y noisy, todo ello aderezado con las habituales pinceladas bailables y psicodélicas a lo Screamadelica. El resultado es más que aceptable, aunque no tan afilado y fresco como en sus buenos tiempos.

Portada de ‘More Light’, último disco de los escoceses

En ese sentido, probablemente el mejor momento de PS a nivel creativo haya pasado ya, después de 25 años de carrera, en la que destacan por encima del resto sus dos grandes hitos: el luminoso Screamadelica (1991), su gran clásico, gran referencia de la década de los 90 y pionero de la fusión del rock and roll con la música de baile y la cultura rave; y el XTRMNTR (2000), el reverso oscuro y crudo de esa mezcla.

Sin embargo, y ésa es la buena noticia, en directo la cosa es diferente. Porque a pesar de que puede que hayan perdido parte del espíritu eufórico de la etapa acid house del Screamadelica y de la rabia y la energía explosiva de los años del XTRMNTR, y de que ya no cuentan con el carisma y la calidad que aportaban el guitarrista  Kevin Shields (ahora con su antigua banda My Bloody Valentine) y el bajista Mani (también con sus antiguos compañeros de Stone Roses), sin embargo, en vivo aún irradian ese halo de gran banda que pocos grupos poseen. Quizás se hayan diluido un tanto la actitud provocadora y la sensación de imprevisibilidad que solían tener sus conciertos, pero siguen siendo capaces de defender con absoluta solvencia un repertorio sólido y potente que cuenta con una abrumadora colección de hits (Movin’ On Up, Come Together, Rocks, Kill All Hippies, Country Girl, etc.) a la que es muy difícil resistirse. En Glastonbury este verano se les vio en muy buena forma (ver vídeo abajo) -teloneando, por cierto, a los mismísimos Rolling Stones– y las crónicas de su paso por el FIB van en la misma línea.

Mención aparte merece el gran Bobby Gillespie, uno de los frontman más auténticos del rock and roll. Hijo de un político miembro del partido laborista escocés, nunca se ha cortado un pelo, ni en sus letras ni en sus declaraciones, a la hora de reivindicar sus raíces de clase obrera o censurar la política imperialista americana, por ejemplo. O en pedir la desaparición del estado de Israel o criticar el consumismo conformista de los festivales de música de hoy en día, de los que ha llegado a decir que son como centros comerciales. Quien a estas alturas no conozca aún al personaje y quiera hacerse una idea rápida, puede revisar en Youtube el vídeo del tumultuoso y mítico concierto que dieron en el festival de Glastonbury en 2005, con polémico -y malinterpretado- saludo fascista en Swastika eyes incluido y constantes provocaciones al público. Genio y figura.

De modo que las expectativas son altas. El grupo ya no se encuentra, obviamente, en el cenit de su carrera, pero aún siguen estando arriba en los carteles de las principales plazas festivaleras. Y eso es una garantía. Entreguémonos, pues, a la terapia del grito primario del rock and roll. PS son sumos sacerdotes. El exorcismo hedonista es este viernes en Compostela. La semana que viene, la crónica.

[Y, por supuesto, antes puedes pasarte a buscar discografía de PS por las Bibliotecas Municipales.] 😉